El alumnado de Bellas Artes (Audiovisuales) presenta la exposición "Aguaescopio: las transmutaciones del aljibe de las lágrimas", esta se podrá visitar desde 8 al 30 mayo. El horario de visita será de lunes a viernes en horario de mañana de 10h-13 h, y en horario de tarde de 17h- 19h. Los fines de semana y festivos no se aceptaran visitas. Puede pedir cita entrando en https://ciges2.ugr.es/
"Había una vez un hilo de agua que no nacía en la tierra, sino en el ojo visionario de Hildegarda de Bingen, la
sibila del Rin, quien mientras habitaba los fríos muros del Sacro Imperio sentía en sus sienes el galope de una
reina de fuego y arena. En sus trances de luz, Hildegarda no veía santos de mármol, sino la silueta de Dihya,
La Kahina, la soberana bereber que gobernaba el desierto no con la espada del tirano, sino con la justicia del
manantial. Cuentan que Hildegarda, La alemana, hastiada de una fe que se levantaba sobre dogmas de
piedra seca, cruzó Europa persiguiendo el rastro de una ética fluida, pues había aprendido de la reina
guerrera que negar el agua al enemigo es, en realidad, escupir sobre el propio reflejo en el espejo de Dios.
Así, guiada por la vibración de la Viriditas —esa fuerza verde que todo lo anima—, Hildegarda llegó a una
Granada que era un crisol hirviente, un lugar donde el tiempo se doblaba sobre sí mismo mientras los reyes
Ziríes de las montañas de la Cabilia veían cómo su mundo de acequias compartidas era devorado por la
ambición palatina de los Nazaríes.
Caminaba la mística por las callejuelas del barrio del Arbi, sintiendo que el Albaicín no era una ciudad de
casas, sino un sistema linfático de aljibes donde la Acequia de Aynadamar, la "lágrima del ojo", derramaba su
bendición de forma que tanto el pueblo como reyes tenían acceso al mismo aljibe. Pero al llegar a la sombra
del Arco de las Pesas, Hildegarda presenció la muerte del milagro: en el último aljibe puramente bereber, las
tortugas guardianas, encargadas de certificar con su vida la pureza del cristal líquido, flotaban inertes sobre
una superficie emponzoñada. El veneno no era solo químico; era la soberbia de quienes habían decidido que
el agua ya no sería un don común, sino un recurso de control, un chantaje de muros y jerarquías. Ante las
tortugas muertas, Hildegarda no rezó letanías vacías, sino que lloró con una pena tan antigua como el mundo,
y en ese llanto que caía sobre el agua estancada, tuvo la revelación definitiva de que su alma no pertenecería
jamás a un esposo ni a una institución que prefiriera el veneno a la abundancia compartida.
Dicen que sus lágrimas, cargadas de una fe impía, purificaron el aljibe y devolvieron la vida a las tortugas,
sembrando en ese instante la semilla de las Beguinas: mujeres libres que, como las antiguas gestoras de los
aljibes granadinos, crearían su propia economía y cultura al margen de los claustros. Ese espíritu de las
Beguinas no murió con los siglos, sino que se filtró por las grietas de la historia hasta llegar a la Granada de
hoy, donde la ciudad sigue siendo un mapa de corrientes enfrentadas. Por un lado, fluye el riego marginal y
autogestionado, esos aljibes de resistencia como lo fue La Redonda, aquella casa ocupada que funcionaba
como una acequia de arte libre, donde el transfeminismo y la autoedición brotaban sin permiso hasta que el
sol de 2020 vio cómo las máquinas del ayuntamiento la convertían en el páramo vacío que es hoy, un solar
que espera, como las tortugas sumergidas, un tiempo mejor.
Pero en los rincones donde el musgo crece entre las piedras del Albaicín, el legado de Hildegarda sobrevive
en las manos de las nuevas beguinas, artistas y gestoras emergentes que se niegan a ser mercadeadas y
prefieren la vibración de lo colectivo. Ellas saben que si el arte se institucionaliza del todo, el agua se estanca
y pierde su alma; por eso eligen ser como la cosecha estacional, pegadas a la tierra y a la humedad de los
barrios, entendiendo que la belleza debe ser un derecho tan vital como el manantial de Aynadamar. Granada
es hoy ese aljibe en disputa, un campo de batalla invisible donde se decide si el veneno de la gentrificación
terminará por secar el espíritu de la ciudad o si la acción de estas mujeres libres mantendrá el flujo vivo.
Porque al final, como descubrió la sibila del Rin frente al espejo de las lágrimas, la verdadera cultura no es el
espectáculo que se mira desde lejos, sino la red que llega a todos, la que no discrimina al enemigo ni al pobre
y permite que, en el fondo de cada pozo, la esperanza siga nadando hacia el mar sin dueño.
Así, el alumnado de la asignatura de Audiovisiales de BBAA, reflexiona sobre el significado de la palabra
cultura capitalizada, diferenciando cultura de base de alta cultura, proponiendo bucles de animadostransmutando souvenirs turísticos en reliquias y jardines en tesoros. Planteamos Hildegarda y su hipotético
viaje a Granada como atmósfera de la que heredar su espíritu integrador e intrépido. Además nos sirve de
contexto para acercamos a las expresiones de amor medieval, llenas de fervor extremo, para invertir las
marcas de género y proponer vídeo retratos de mujeres entre lo pictórico, el humor y lo censurable. Las
protagonistas aquí son Granada y su nueva generación de creadoras que no es una generación de cristal sino
de espejo, de ‘aguaespejo’ sofisticadas, pioneras y marginales"